martes, 26 de mayo de 2009

El compañero Juan

Por Alberto Híjar

Hilario Morales formó parte de la primera generación de las Fuerzas de Liberación Nacional. Supo de los trabajos de reflexión de la Revolución Cubana en el Instituto de Amistad México-Cuba impulsado en Monterrey por los hermanos Yáñez, Carlos Vives, Graciano Sánchez, Mario Sáenz, César Guerra, Alejandro Izaguirre y Sergio Chapa. Hilario alternaba su exitosa distribución de libros con la militancia masónica y la práctica del ajedrez y el karate. Hermano Juan fue Hilario, Hermano Pedro fue César Yáñez en perfecta aplicación masónica en beneficio del clandestinaje revolucionario.

Todo cambió en febrero de 1974 cuando una casa de seguridad fue detectada para capturar a la pareja de responsables. Uno de ellos, Napoleón Glockner, sabía de la organización más de lo necesario porque había trabajado intensamente en su expansión a Puebla y al Norte de México. El y Nora Rivera resistieron hasta donde sus cuerpos lo permitieron y terminaron por dar nombres y ubicación de la llamada Casa Grande, una casa de regular tamaño en Nepantla, Estado de México. Hasta ahí guiaron a la Policía Federal, lograron distraerla con el señalamiento de otra casa con la esperanza de que el escándalo alertara a los compañeros y finalmente contemplaron el brutal ataque del que resultaron cinco compañeros muertos. Napoleón y Nora identificaron los cadáveres y a los dos sobrevivientes. La Federal de Seguridad creía que las víctimas eran responsables del asalto a un tren en Xalostoc donde fueron muertos cuatro soldados para recuperar sus armas. Al costado del vagón atacado, alguien pintó incompleto el nombre de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Los documentos en la casa probaron en cambio la presencia de las FLN aunque hubiera bastado el sentido común para saber que la distancia de 100 km entre Xalostoc y Nepantla hacía imposible la retirada inmediata hasta el lugar de la masacre. 
A la par, Hilario Morales y once colaboradores de Monterrey fueron secuestrados en sus trabajos y sus casas el Día del Amor y la Amistad. Traídos de mala manera al Distrito Federal, sufrieron torturas en la casa clandestina de la naciente Brigada Blanca al mando de Miguel Nazar Haro. La publicación de la denuncia de las desapariciones y las visitas al procurador Ojeda Paullada por los compañeros y familiares del único chilango secuestrado, sirvieron para obligar la presentación y consignación. De los separos de la Procuraduría General pasaron a Lecumberri. El de mayor edad era Hilario y pese a su excelente condición física y su inteligencia alertada por las lecturas críticas y el ajedrez, la pasó tan mal que manos infectadas como globos de pus, lo hicieron padecer mucho porque tuvo que seguir fregando pisos y baños. Su familia se desbarató y su hijo Francisco, de 16 años, tuvo que avecindarse en el Distrito Federal. Cuenta cómo su papá lo recibió un día de visita con la noticia de que debía jugar una partida de ajedrez con el jefe de jefes de la crujía que se las daba de gran jugador. Sabedor de que el joven regiomontano había ganado importantes torneos, pidió a Hilario el enfrentamiento. Dice Francisco que a la tercera movida tuvo la certeza de que el capo era muy mal jugador, de ahí la pregunta de qué hacer hasta que forzó el empate ante el asombro de todos los presos. Vino la revancha y al fin se dejó ganar para recibir como premio todo lo que quisieran tomar del buen surtido refrigerador en la celda de lujo. También quedó relativamente garantizada la seguridad del preso que luego de más de dos años salió libre bajo fianza. Otro hijo proveyó la subsistencia y Francisco, que quería ser médico, acabó en excelente dentista mientras trabajaba en el naciente STUNAM. Hilario vendió libros de puerta en puerta, hizo trabajos burocráticos menores y mantuvo el alerta rojo pese a que no volvió a saber de los flanes como les apodaron en Lecumberri. Escribía un poco, leía mucho, discutía más. Al final acumuló enfermedades hasta que murió en Cuernavaca el miércoles 20 de mayo a los 86 años de edad. Francisco recogió el reloj que él le regaló y el anillo de masón grado 33. Si se puede quiere donar la biblioteca personal de Hilario y revisar las memorias hasta ahora secretas. Falta arrojar las cenizas al río que pasa por Jojutla donde nació. Habrá que esperar las lluvias fuertes. 
De estos militantes orgullosos y dolidos nadie se ocupa pese a que las FLN engendraron al EZLN. Sólo Adela Cedillo, la importante historiadora de las FLN, entrevistó a Hilario y supo de una grabación de tiempos de Monterrey de César Yáñez, el dirigente de las FLN ejecutado en Chiapas con los compañeros replegados luego del asalto al rancho de El Hilar. Hasta la victoria siempre,  Compañero Juan.